En la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid pudo visitarse la exposición Este libro es mío... la heráldica como elemento distintivo en la producción del libro antiguo, desde el 25 de septiembre de 2025 hasta el 10 de abril de 2026. Cabe felicitar a sus comisarios, José María de Francisco Olmos y Antonio Carpallo Bautista, por el éxito alcanzado, que motivó una prórroga de la exposición tras haberse marcado inicialmente como fecha de clausura el 20 de febrero.
Resulta una tarea prácticamente imposible abarcar la totalidad del currículum de los comisarios. Ambos son profesores de la Facultad de Ciencias Historiográficas de la Universidad Complutense de Madrid. José María de Francisco Olmos es subdirector de esta revista. Cuenta en su bibliografía con más de trescientas publicaciones sobre materias históricas muy variadas, incluyendo la heráldica y la falerística. Por su parte, Antonio Carpallo cuenta con más de un centenar de publicaciones dedicadas especialmente a la encuadernación y el libro antiguo. Esta exposición es otra muestra del trabajo conjunto de ambos docentes, que ya han hecho diversas colaboraciones sobre encuadernaciones heráldicas.
Fruto de dicha exposición surge este catálogo, aunque su función va más allá que enumerar los objetos expuestos, es a todos los efectos un estudio sobre la heráldica libraría. Su premisa es mostrar el blasón como distintivo personal de un individuo, y cómo este refleja la historia familiar y personal del individuo mediante una pequeña muestra de los fondos de la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense. En la amplia mayoría de los casos, se trata de portadas de libros que incluyen una dedicatoria, acompañada con el escudo de la persona con la que se quiere tener esta diferencia. También se presentan algunas encuadernaciones encargadas por los propietarios de un ejemplar, donde se graba el blasón para indicar la identidad del poseedor.
A lo largo del trabajo se puede apreciar cómo se han abordado las principales problemáticas a las que se enfrenta cualquier investigador que aborde cuestiones heráldicas. Los autores señalan como la heráldica libraria implica algunas complicaciones añadidas a la investigación. A diferencia de objetos con carácter legal como los sellos, donde era el emisor quien elegía como quería ser representado (y, por tanto, son más fiables para conocer el verdadero blasón de una persona o institución), las encuadernaciones eran objetos artísticos, y por este motivo son más proclives a representar errores por desconocimiento del fabricante del taco o incapacidad técnica para representar una armería compleja. Por ello, al hablar de cada blasón, los autores se detienen en la historia genealógica e individual de la persona o personas a las que se refieren, y en algunos casos, también en otros soportes donde también se ha representado este u otro blasón del mismo individuo.
Una buena parte de su trabajo está dedicada a los escudos femeninos o de origen matrimonial. Como es sabido, cuando una mujer contraía matrimonio era común que las armas de su progenitor se partieran con las de su esposo, estableciendo un blasón que solía usarse para identificar la unión matrimonial o a la esposa en solitario. Sin embargo, existían más posibilidades, utilizar otras particiones para combinar las diversas armas, o que la esposa asumiera plenamente el blasón del cónyuge como propio. El esposo también podía identificarse con el partido matrimonial, e incluso asumir plenamente el apellido y las armas de su esposa si ésta tenía mayor rango o patrimonio. En muchos casos estas armas se han asociado en exclusiva al varón, por lo que este trabajo realiza una gran aportación al corregir interpretaciones parciales o erróneas.

Uno de los casos que estudian con mayor trascendencia es el de las definidas como armas reales, entre 1556 y 1558. Cabe recordar que en esta época el rey Felipe II estaba casado con María I de Inglaterra, en consecuencia, en sus elementos oficiales empleaban un partido con las armas de la Monarquía Hispánica a la diestra e Inglaterra-Francia a la siniestra. Advierten los autores que es necesario señalar que se trata del blasón de Felipe II como rey de Inglaterra, para diferenciarlo de los escudos que empleó posteriormente.
Una vez tratadas las mujeres y los matrimonios se procede a tratar los escudos de los Grandes, aunque en este apartado se prosigue con esta cuestión. En la época de los Austrias era común que los nobles de más alta alcurnia blasonasen con varias armas que representaran su ascendencia y como se habían adquirido los distintos títulos. La partición y la colocación de piezas cobraban especial relevancia al establecerse ramas secundarias de un mismo linaje, al cambiar la línea agnaticia o al unirse varios linajes. De este modo, si bien son armas individuales, en muchos casos se componen de representaciones heredadas por línea femenina o incluye particiones que dieron lugar a partir del matrimonio de algún ascendiente.
Prosigue el catálogo con escudos con un carácter más personal. En el apartado referente a la nobleza de servicio tratan dos tipos de personas: por un lado nobles que ascienden por méritos personales en instituciones dependientes de la Corona, y que en consecuencia reciben distinciones que se reflejan elementos externos de su blasón; y por otro lado, otras personas de origen más humilde, que prosperan gracias a su cercanía a los reyes, recibiendo cargos y empezando a lucir blasones propios. Este último caso es el del secretario Mateo Vázquez de Lecca, y el de Rodrigo Calderón de Aranda, consejero del duque de Lerma (quien, por cierto, cuartelaba las armas de sus dos apellidos con las de su esposa). Posteriormente se dedica un apartado a los caballeros de la Orden del Hospital de San Juan, donde de nuevo se tratan personas que ya contaban con armerías propias, que distinguen con la Cruz de la orden como elemento externo.
El siguiente espacio está dedicado a las armas de los propios autores. En muchos casos procedentes de la baja nobleza que buscan promocionarse a sí mismo y su ascendencia introduciendo su escudo, y en ocasiones su retrato, en las impresiones de sus textos. Dos buenos ejemplos de esta costumbres son la de Inca Garcilaso de la Vega, quien usó un partido haciendo referencia a su parentesco con los últimos gobernantes incas a la siniestra, y Lope de Vega, quien se adjudicó las armas atribuidas al héroe medieval Bernardo del Carpio, de quien decía descender.
El último apartado del catálogo está dedicado a la heráldica del cardenal Cisneros, fundador de lo que hoy es la Universidad Complutense de Madrid. Este eclesiástico utilizaba al mismo tiempo dos blasones. Por un lado, empleaba una imagen devocional de una Virgen invistiendo a un arzobispo inscrita en una bordura, al igual que los otros mitrados de la sede toledana. Por otro lado, tenía unas armas dinásticas, un jaquelado de quince piezas de oro y gules, ornamentadas por el capelo cardenalicio y en ocasiones soportadas por uno o dos cisnes. Este blasón fue transmitido tanto a la universidad que fundó, siendo empleada hoy en día una variante, como al Colegio Mayor de San Ildefonso.
En definitiva, este catálogo es una obra de gran valor académico. Tiene la capacidad de explicar de forma comprensible ideas muy complejas sobre la heráldica y la nobiliaria, lo que lo convierte en una lectura más que recomendable. Sólo queda reiterar la felicitación a los autores por esta publicación, que puede consultarse gratuitamente en el repositorio en línea de la Universidad Complutense de Madrid.
Comentarios