Es posible que Juana I de Castilla, mal llamada «la Loca», sea una de las figuras de la historia de España sobre las que más se haya escrito. Pese a la ingente bibliografía sobre su figura, muchos aspectos de su biografía siguen siendo debatidos, o aún no han sido tratados de manera suficientemente exhaustiva. Uno de los episodios más tratados, y, al mismo tiempo, más desconocido, es el periodo entre septiembre de 1506 y agosto de 1507, cuando Juana sumió a Castilla en el desgobierno.
Hija de los Reyes Católicos, Juana no parecía destinada a heredar los reinos de sus padres. Sin embargo, se convirtió en la primera de la línea de sucesión tras la muerte de sus hermanos Juan en 1496 e Isabel en 1498, y su sobrino Miguel en 1500 (Fernández Guisasola, 2023). El 26 de noviembre de 1504, Isabel la Católica falleció, y su hija Juana se convirtió en reina de Castilla.
Juana nunca mostró interés en gobernar. Tradicionalmente se ha considerado que sufría algún trastorno mental severo que la incapacitaba. Autoras recientes como Aram (2001) y Fleming (2018) defienden que la reina estaba cuerda, pero que fue víctima de la conspiración familiar. Sin embargo, incluso estas biografías han tenido que reconocer el comportamiento inestable y violento de la reina. Estas realidades no son anómalas, Juana podría sufrir problemas de salud mental y carecer del deseo de gobernar, y por ello ser una víctima de la conspiración familiar.
Figura 1. Retratos de Felipe y Juana en el Tríptico del Juicio Final de Zierikzee (Maestro de Affligem, 1505). Fuente.
Tras un conflicto diplomático de más de un año, Felipe consiguió la rendición de su suegro y se quedó como gobernante de facto. Sin embargo, legalmente su papel era solo el de consorte de doña Juana, y se gobernaba en nombre de ambos (Calderón Ortega, 2001, pp. 131-135). Mientras tanto, don Fernando abandonó Castilla y preparó un viaje al recién conquistado reino de Nápoles. La victoria de Felipe fue muy corta, ya que el 25 de septiembre de 1506 sucumbió a una rápida y repentina enfermedad.
Con su marido muerto y su padre lejos, la reina Juana se convertía en la única autoridad de Castilla. Este hubiese sido el momento en que podría haber ejercido su autoridad si lo hubiese deseado, pero mantuvo su negativa a gobernar. El único documento legal que firmó la soberana fue una provisión que deshacía todos los nombramientos que había realizado su esposo, incluido el del presidente del Consejo Real. También firmó una serie de cédulas relativas al mantenimiento de su casa y sus hijos (Aram, 1998).
Suárez de Valtodano, obispo de Jaén y presidente del Consejo Real, era la única figura con una relativa autoridad, además de la reina. De hecho, éste había intentado, sin éxito, convocar Cortes para inhabilitar a la reina y que gobernaran los nobles (Granda, 2013, pp. 125-127). Con su destitución, la crisis política se agudizaba, y derivó en una crisis social por los altercados entre miembros en distintos bandos nobiliarios, y finalmente en una crisis económica. Por ello, se ha propuesto el término de Anarquía castellana para referirse a este periodo de total desgobierno y con graves consecuencias para la corona de Castilla (Fernández Guisasola, 2022, pp. 645-647).
Figura 2. Escultura de Juana I en el Salón de Reyes del Alcázar de Segovia. Fuente.
Distintos bandos nobiliarios se enfrentaron por controlar el reino. Por un lado, unos nobles apoyaban al emperador Maximiliano, suegro de la reina, para que fuera regente, mientras que otros apoyaban el regreso de Fernando el Católico (Fernández de Córdova, 2021). Aunque se ha hablado de un bando de la reina, estas personas eran próximas a Fernando, que alentaban la posibilidad de que Juana gobernase personalmente, posiblemente en espera de que regresara el Rey Católico. Se formó un gobierno informal con los líderes de ambos bandos, los duques de Nájera y Frías, y el arzobispo Cisneros (Calderón Ortega, 2001, pp. 177-178). Por ello se ha llamado este período «primera regencia de Cisneros», pero éste nunca gobernó de forma oficial, por lo que es un nombre erróneo.
La reina permaneció ajena a la realidad castellana. Muy pocas personas podían acercarse a ella. Solo las damas que eligió, Cisneros, y unos pocos consejeros de su difunta madre tenían acceso a ello. Muchas otras personas buscaron la intercesión de las dos mujeres a las que les otorgó su confianza, su medio hermana Juana de Aragón, duquesa de Frías, y María de Ulloa, madre del conde de Salinas (Fleming, 2018, p. 141). En diciembre de 1506, la reina se trasladó al pequeño municipio de Torquemada, donde la corte no podía instalarse.
El aislacionismo de la reina tuvo consecuencias, cuando dio a luz a la infanta Catalina el 14 de enero de 1507. Al no poder instalarse en Torquemada, la corte se había trasladado a Palencia, y Juana no contaba con una mujer cualificada que pudiera ayudarla en el alumbramiento. Tuvo que ser María de Ulloa la que asistiera al nacimiento de la nueva infanta (Rodríguez Villa, 1892, p. 220). Se trató de un momento complicado donde la vida de la reina corrió peligro (Fleming, 2018, p. 160).
La reina prosiguió con su misma política durante los siguientes meses, mientras que Fernando continuaba su estancia en Nápoles. No se puede saber si una de las razones por la que no regresó a Castilla inmediatamente pudo ser que los castellanos aceptasen de mayor agrado su gobierno, en contraposición con la anarquía que proporcionaba su hija. En cualquier caso, la experiencia de desgobierno volvió más favorables a las personas que hasta ese momento se habían opuesto al Rey Católico.
Mientras los reinos se sumían en el conflicto y la crisis económica, Juana continuó con su vida aislada. Se trasladó a Hornillos, y finalmente a Tórtoles, donde se reencontró con su padre Fernando. No es posible conocer con exactitud lo que ocurrió en ese encuentro, aunque por los hechos que ocurrieron a continuación, se puede suponer que Juana cedió libremente el gobierno a su padre. Fernando reasumió la gobernación, cargo que mantuvo hasta su muerte en 1516 (Ladero Quesada, 2019). Posteriormente, el primogénito de la reina, Carlos de Gante, se autoproclamó como cogobernante en lo que fue un golpe contra las leyes de Castilla y la figura de su madre (D’Amico & Danet, 2022, p. 67).
Figura 3. Retrato de Juana I (Juan de Flandes, c. 1500). Fuente.
Juana se instaló originalmente en Arcos (actual provincia de Burgos), pero en 1509 fue recluida por su padre en el palacio Tordesillas, donde permaneció el resto de sus días (Zalama Rodríguez, 2000). En 1520 los comuneros la «liberaron» para que hiciera las leyes que ellos querían, pero doña Juana se negó a menoscabar la autoridad de su hijo, y finalmente siguió prisionera bajo órdenes de éste (Pérez, 2006, pp. 78-80). Solo salió unos meses entre 1533 y 1534, cuando se la trasladó en secreto para evitar un brote de peste (Fleming, 2019, p. 282). Murió el 12 de abril 1555, todavía como reina, aunque alejada del poder que no quiso ostentar.
En conclusión, más allá de la presunta incapacidad que se adjudica a Juana I de Castilla, su falta de deseo de gobernar trajo consecuencias negativas para sus reinos. En primer lugar, produjo un enfrentamiento político entre sus parientes varones, ávidos de ejercer el poder en su nombre. Cuando estos hombres desaparecieron y Juana mantuvo su negativa a regir Castilla, el reino se sumió en disputas políticas, conflictos sociales y una crisis económica. Para este período convulso y sin un poder ejecutivo formal, se ha propuesto el nombre de Anarquía castellana. Al final, Juana I de Castilla pudo evitar ejercer ningún poder, pero esto le supuso acabar como prisionera de su padre, y después de su hijo, en definitiva, una reina sin gobierno.
Bibliografía
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Juana I of Castile, wrongly called "the Mad", may be one of the figures in Spanish history about whom the most has been written. Despite the vast literature on her figure, many aspects of her biography are still debated or have not yet been treated sufficiently exhaustively. One of the most discussed episodes, and at the same time least known, is the period between September 1506 and August 1507, when Juana plunged Castile into misrule.
Daughter of the Catholic Monarchs, Juana did not seem destined to inherit her parents' kingdoms. However, she became the first in line of succession after the deaths of her brothers Juan in 1496 and Isabel in 1498, and her nephew Miguel in 1500 (Fernández Guisasola, 2023). On November 26, 1504, Isabel the Catholic died, and her daughter Juana became Queen of Castile.
Juana never showed interest in governing. Traditionally it has been considered that she suffered from a severe mental disorder that incapacitated her. Recent authors like Aram (2001) and Fleming (2018) defend that the queen was sane but became a victim of family conspiracy. However, even these biographies have had to acknowledge the unstable and violent behavior of the queen. These realities are not anomalous; Juana could suffer from mental health issues and lack the desire to govern, making her a victim of family conspiracy.
Figure 1. Portraits of Philip and Juana in the Judgment Final Triptych of Zierikzee (Master of Afflighem, 1505). Source.
After more than a year of diplomatic conflict, Philip managed to get his father-in-law to surrender and became the de facto ruler. However, legally his role was only that of consort to Doña Juana, and he governed in her name (Calderón Ortega, 2001, pp. 131-135). Meanwhile, Don Fernando left Castile and prepared a journey to the newly conquered kingdom of Naples. Philip's victory was short-lived as on September 25, 1506 he succumbed to a rapid and sudden illness.
With her husband dead and her father far away, Queen Juana became the sole authority in Castile. This would have been the moment when she could have exercised her authority if she had wanted to, but she maintained her refusal to govern. The only legal document that the sovereign signed was a provision that annulled all appointments made by her husband, including that of president of the Royal Council. She also signed a series of letters regarding the maintenance of her household and children (Aram, 1998).
Suárez de Valtodano, bishop of Jaén and president of the Royal Council, was the only figure with relative authority besides the queen. In fact, he had attempted unsuccessfully to convene Cortes to incapacitate the queen and have nobles govern (Granda, 2013, pp. 125-127). With his dismissal, the political crisis worsened, leading to a social crisis due to altercations between members of different noble factions, and finally an economic crisis. Therefore, the term Castilian Anarchy has been proposed to refer to this period of total misrule with grave consequences for the Crown of Castile (Fernández Guisasola, 2022, pp. 645-647).
Figure 2. Sculpture of Juana I in the Royal Hall of the Alcázar de Segovia. Source.
Different noble factions fought for control of the kingdom. On one side, some nobles supported Emperor Maximilian, Juana's father-in-law, to be regent, while others supported the return of Ferdinand the Catholic (Fernández de Córdova, 2021). Although a faction of the queen has been spoken about, these people were close to Fernando and encouraged the possibility that Juana would govern personally, possibly waiting for the Catholic King's return. An informal government was formed with leaders from both factions, the Dukes of Najera and Frías, and Archbishop Cisneros (Calderón Ortega, 2001, pp. 177-178). This period has been called "the first regency of Cisneros," but he never governed officially, making it a misnomer.
The queen remained oblivious to the Castilian reality. Very few people could approach her. Only the ladies she chose, Cisneros, and a few of her late mother's counselors had access to her. Many other people sought the intercession of the two women to whom she entrusted her confidence, her half-sister Juana of Aragon, Duchess of Frías, and María de Ulloa, mother of the Count of Salinas (Fleming, 2018, p. 141). In December 1506, the queen moved to the small municipality of Torquemada, where the court could not be installed.
The isolationism of the queen had consequences when she gave birth to Infanta Catalina on January 14, 1507. Unable to install herself in Torquemada, the court had moved to Palencia, and Juana did not have a qualified woman who could help her during childbirth. María de Ulloa was the one who assisted at the birth of the new infanta (Rodríguez Villa, 1892, p. 220). This was a complicated moment where the queen's life was in danger (Fleming, 2018, p. 160).
The queen continued with her same policy during the following months while Ferdinand remained in Naples. It is not known if one of the reasons why he did not return to Castile immediately was that the Castilians preferred his governance over the anarchy provided by his daughter. In any case, the experience of misrule made people who had previously opposed the Catholic King more favorable.
As the kingdoms sank into conflict and economic crisis, Juana continued her isolated life. She moved to Hornillos and finally to Tórtoles, where she reunited with her father Fernando. It is impossible to know exactly what happened in that meeting, although subsequent events suggest that Juana freely ceded governance to her father. Ferdinand resumed the governorship, a position he held until his death in 1516 (Ladero Quesada, 2019). Subsequently, the queen's eldest son, Charles of Ghent, proclaimed himself co-ruler in what was a coup against Castilian law and his mother's figure (D’Amico & Danet, 2022, p. 67).
Figure 3. Portrait of Juana I (Juan de Flanders, c. 1500). Source.
Juana originally settled in Arcos (current province of Burgos), but in 1509 she was confined by her father to the palace at Tordesillas, where she remained for the rest of her days (Zalama Rodríguez, 2000). In 1520 the comuneros "freed" her so that she would make laws as they wanted, but Doña Juana refused to undermine her son's authority and ultimately remained imprisoned under his orders (Pérez, 2006, pp. 78-80). She only left for a few months between 1533 and 1534 when she was secretly transferred to avoid an outbreak of plague (Fleming, 2019, p. 282). She died on April 12, 1555, still as queen but far from the power she did not want to wield.
In conclusion, beyond the alleged incapacity attributed to Juana I of Castile, her lack of desire to govern had negative consequences for her realms. First, it produced a political confrontation between male relatives eager to exercise power in her name. When these men disappeared and Juana maintained her refusal to rule Castile, the kingdom plunged into political disputes, social conflicts, and an economic crisis. For this tumultuous period without formal executive authority, the term Castilian Anarchy has been proposed. Ultimately, Juana I of Castile could avoid exercising any power but ended up as a prisoner of her father and later her son, in effect a queen without governance.
Bibliography
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Fernandez Guisasola, L. F. (2024, 20 de mayo). La Anarquía castellana: Desgobierno en el reinado de Juana I. ArqueoTimes. https://arqueotimes.com/articulos/la-anarquia-castellana-desgobierno-en-el-reinado-de-juana-i/
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